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Vía Crucis en tierra firme: salarios de miseria y una esperanza que no llega / Por Juan Carlos Michinel

La Semana Santa en Venezuela solía ser sinónimo de playas repletas, carreteras congestionadas y el bullicio de un país que, al menos por unos días, se tomaba un respiro. Hoy, en cambio, el asueto litúrgico transcurre con el eco de un silencio distinto: el de una nación que camina su propio calvario sin sospecha clara de resurrección. Y en ese calvario, el peso más insoportable no es sólo la represión política o los apagones, sino una realidad económica que ha convertido los salarios en una burla cotidiana.

Desde el 3 de enero, hasta esta Semana Mayor de 2026, la realidad Venezolana ha oscilado entre el acecho de la normalización autoritaria y la exasperación de una sociedad que sobrevive más de lo que vive. Pero si hay un dato que resume con crudeza la experiencia de estos tres meses, es el del ingreso de los trabajadores. A pesar de los anuncios oficiales de ajustes salariales realizados en enero —cuando el gobierno de Nicolás Maduro decretó un aumento del salario mínimo a 130 bolívares mensuales, equivalentes a unos 3,5 dólares al cambio oficial—, la cifra sigue siendo insuficiente para cubrir siquiera el 5% de la canasta básica familiar, que según el Centro de Documentación y Análisis Social (Cendas) supera los 600 dólares mensuales para un hogar de cinco personas.

El resultado es un país donde la mayoría de los asalariados públicos y privados ha quedado excluida del propio sistema monetario formal. El salario mínimo apenas alcanza para una docena de huevos o un par de litros de leche. La verdadera economía, la que permite sobrevivir, no pasa por el recibo de nómina, sino por las remesas que envían los ocho millones de venezolanos en el exterior, por el rebusque informal, por el alquiler de un cuarto o por la venta de comida en la calle. Este entramado de subsistencia es, en los hechos, el único mercado laboral que funciona en el país.

Lo ocurrido entre enero y marzo ha sido, en términos económicos, la profundización de un modelo que los analistas llaman “dolarización sin crecimiento”. El gobierno ha logrado estabilizar el tipo de cambio mediante un estricto control de la liquidez monetaria y la mantención de un tipo de cambio oficial que se ajusta lentamente, pero esa estabilidad cambiaria es solo la otra cara de la recesión: no hay presión sobre el dólar porque sencillamente la mayoría de los venezolanos no tienen bolívares para presionarlo. El salario mínimo, congelado en términos nominales desde enero, ha ido perdiendo valor en términos reales cada semana, mientras la inflación en alimentos y servicios básicos no se detiene.

En el terreno político, este período ha estado marcado por una escalada silenciosa. Las inhabilitaciones políticas dictadas en enero contra figuras emergentes de la oposición no fueron noticia de primera plana en el exterior, pero dentro del país significaron un mensaje claro: el aparato judicial del chavismo sigue siendo el portero implacable de cualquier intento de competencia electoral real. La oposición democrática, que intentó reagruparse tras las primarias de 2023, hoy se enfrenta a un escenario donde la agenda de los derechos humanos y las garantías electorales compite con una agenda ciudadana que reclama, antes que nada, poder comer.

La diáspora, que ya supera los ocho millones de personas, vive su propia Semana Santa lejos del país. En Colombia, Perú, Estados Unidos o España, la nostalgia se mezcla con la impotencia. Cada año que pasa, el regreso se vuelve más lejano, no solo por la incertidumbre política, sino porque los salarios en Venezuela no permiten soñar con reconstruir un proyecto de vida. El régimen lo sabe: la sangría migratoria, lejos de ser una presión para el cambio, se ha convertido en su válvula de escape. Quienes se van ya no votan, no protestan, no exigen. Y quienes se quedan dependen estructuralmente de las remesas que aquellos envían.

La paradoja de esta Semana Santa es que, mientras los venezolanos de a pie realizan su vía crucis cotidiano entre apagones, falta de agua y la imposibilidad de vivir de su trabajo, el gobierno despliega una puesta en escena de “recuperación económica” con números macroeconómicos que no se traducen en los bolsillos rotos de los ciudadanos. El discurso oficial habla de estabilidad; la realidad de los mercados populares habla de que el kilo de carne sigue siendo un lujo inalcanzable y que tener un empleo formal ya no es sinónimo de salir de la pobreza.

Sin embargo, como en la narrativa pascual, hay quienes insisten en buscar señales de resurrección. Las organizaciones de derechos humanos han documentado una leve pero constante liberación de presos políticos en los últimos meses —un goteo, comparable con la destilería de cocuy, que el gobierno utiliza como moneda de cambio para aliviar la presión internacional—, mientras la comunidad internacional debate si la flexibilización de sanciones petroleras ha servido de algo más que para oxigenar las arcas del Estado sin una contraparte democrática. Pero ninguna de estas discusiones alude al drama silencioso de los trabajadores que, después de una jornada laboral de ocho horas, regresan a casa con un salario que no alcanza ni para el pasaje de vuelta.

La pregunta que atraviesa estos días santos es hasta cuándo podrá el país mantenerse en este estado de letargo. El modelo venezolano actual —un autoritarismo que ha aprendido a cohabitar con la diáspora, las sanciones y la dolarización— ha demostrado una resiliencia que muchos subestimaron. Pero esa resiliencia tiene un costo humano que ya ha dejado de ser noticia: generaciones enteras que crecen sin expectativas de progreso, profesionales que se desplazan como vendedores ambulantes, jubilados que sobreviven con una pensión de menos de cinco dólares al mes.

La Semana Santa, con su ciclo de pasión, muerte y resurrección, ofrece un espejo incómodo para Venezuela. Llevamos años en la pasión, en el viacrucis interminable, con una muerte anunciada que nunca termina de consumarse. La resurrección, esa idea de que el país pueda recomponerse institucional y económicamente, sigue siendo un acto de fe que la realidad se encarga de aplazar. Mientras tanto, los venezolanos siguen adelante. No por esperanza, sino por inercia. Porque la única certeza en este laberinto es que, pase lo que pase, el lunes de resurrección habrá que volver a hacer la cola para el pan, para la gasolina, para la medicina. Y con un salario que no alcanza, seguir esperando que algún día, tal vez, la vida vuelva a ser algo más que sobrevivir.